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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoAgregar a *MI ARCHIVO*AFUERA… HAY GENTE Y VIVEN
04/ene/2010

Por Elida Viegas

Una casa vieja pero bien conservada, como son antiguas sus habitaciones es grande y con techos altos.

En ella una cama donde está acostada Loreley con una afección pasajera, pero en unos días estará bien; aunque cualquier disgusto la volverá a ella.

Como está sola, sus ojos se dirigen por la habitación y ve dos sillas de madera muy trabajadas, en un rincón un sillón de hamaca de cuero, como las que usaban nuestras abuelas.

Delante de un gran placard, se alcanza a ver una inmensa alfombra roja que cubre desde las patas de la cama hasta el mismo; al costado derecho se observa un toilette, sobre cuya mesada se pueden ver muchos cuadros pequeños con ella misma, su esposo, hija, nieto, sobrinos y sobrinos nietos, todos alegres y felices y ella piensa que todavía los tiene a todos ya más grandes, porqué algunos son bebe y hoy tienen más de veinte años. 

Luego mira su mesa de luz, un velador, con reloj incorporado que cada hora dice “son las nueve, o las veintiuna, o la hora que sea”. Un poco más atrás un angelito pequeño, toca una cítara. Se vuelve al otro lado y sus cervicales  suenan de dolor, pero ya ve la otra mesa de luz con un esplendoroso velador que para prenderlo o apagarlo solo hay que tocarlo, al lado una radio reloj; miró hacia arriba y ve la araña de luces, muy bella, que era de su abuela; olvidaba decirles que está la mesa con la infaltable televisión.

La ventana, es grande, como todo el ambiente relatado, y sus cortinas tienen un buen largo de piqué rosa, la que llega hasta el suelo en su extensión,  transparente, siendo  blanca, con bordados que sobresalen del mismo color.

La cama hoy tiene una colcha rosa, pero en verano hay una roja, todo en su tono.

Las mirillas de las persianas están abiertas, el sol  pasa hacia la pared de enfrente que se refleja como cinco listones perfectos y por ahí se observa el paso de un auto rojo o negro, también alguna motocicleta; es como estar en un cine donde solo se ven sombras, ya que se notan los vehículos de colores fuertes; si hay mucho viento se escucha el correr de las hojas caídas de los árboles, de un lado a otro.

También pasan algunas señoras conversando y una mamá que le dice a su hijo: - “Tomá una chupaleta, o bajáte de ahí, o simplemente dejá el caramelo que  cayó y está sucio y voy al quiosco y te compro más”.

A veces se oye la voz muy fuerte de un hombre, Loreley esboza una sonrisa; primero el señor viste camisa blanca, la que se refleja en las mirillas, y segundo sabe que está hablando por un celular, los hombres creen que gritando van a llegar más pronto a los oídos de su escuchador.

De vez en cuando el trote de un caballo que tira de un carrito en malas condiciones, de los muchachos que juntan botellas, cartones, diarios  y si Loreley les da algo, luego le piden ropa o comida.

Como a las 20.30, con mucho ruido, pasa el camión que recolecta la basura y a la misma hora se oye la bocina de un taxi que llamó alguna vecina y también puede contar cuantas personas bajan o suben por el sonido de las puertas.

A veces el dolor le hace perder estas cosas que ella conoce  porque hace muchos años que vive en esa misma casa, y si se le cruza algún mal pensamiento; para ello acude a Díos y si se trata de alguna persona indeseable, ora pidiéndole al Señor que a esa persona  le corte el camino hacía su casa.

También recuerda que a pocos metros está la avenida principal y con sus luces y gente caminando, sus comercios iluminados, y seguramente, viéndose muy hermosa.

Todo lo que pasó durante el día y la noche, como ella está en cama, su pensamiento se expresa así-: “Afuera…  hay gente y viven”.

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La autora es escritora y subdirectora del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM).      





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